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CHILE REPORTAJES

 

Los temas son:
Michelle Bachelet Presidenta
El nuevo gabinete
Visita del Presidente Lagos a Bolivia
México: Hacia una mayor integración
Importantes visitas: Panamá y Ecuador
2005: Récord de exportaciones
Trabajos voluntarios de verano
 
Lugares de Chile

Santiago, la capital

 

www.segegob.cl/archivos/ChileReportajes26.pdf

(recibido 10.04.06)

 

 

     03.10.05

 TR ARAÑA. Sus creadores dicen que esta invención marcará un antes y un después en la historia de Chile:

 

La octava maravilla

María Eugenia Tamblay C.

 

Los chilenos que crearon este geoecógrafo no paran de sorprender. Anuncian el hallazgo en Coquimbo de un tesoro dos veces más grande que el de Juan Fernández y de otro gran entierro de oro en Arica.

 

"El TR Araña tiene usos mineros: puede ubicar vetas de oro, cobre, agua, petróleo, gas o cualquier otro material. En el campo militar, detecta explosivos, dirige misiles con exactitud o potencia una fragata o un avión. Encuentra cuerpos, puede decir si una carretera o un puente están bien construidos. También tiene utilidad en el campo médico, ya que examina huesos, sangre, genes, hormonas, cáncer, ingesta de algún medicamento, presencia de drogas..."

 

Resulta agobiante escuchar las gracias del geoecógrafo que cobró fama al descubrir las osamentas de Luis Francisco Yuraszeck y armamento en Colonia Dignidad, pero que definitivamente saltó al estrellato con el supuesto hallazgo de tres tesoros en la isla Juan Fernández.

 

Salimos al patio para conocer a la maravilla. Decepciona verla tan pequeña y algo abollada. Cuesta creer que con tan sólo 35 kilos tenga tantos y tan variados usos. Y que haya sido creada en Chile, con una inversión de $200 millones.

 

Con estos pensamientos en mente camino por delante del TR Araña mientras el fotógrafo hace su trabajo. De pronto se escuchan dos leves pitidos.

Manuel Salinas, el creador del robot, anuncia que es capaz de interpretar esos sonidos. Antes de transmitir lo que "dijo", explica que desarrolló muy buen oído porque es prácticamente ciego: ve 30% por el ojo derecho y nada por el izquierdo.

 

A continuación revela lo que le transmitió su creación. "Usted tiene una anomalía a la altura de las caderas, pero pequeña, de no más de un centímetro". Cuando le confirmo que el defecto mide 0,7 centímetros, lanza el comentario de que día a día, con cada cosa que hacen, van afianzando la confianza de la gente.

 

¡Hágase Arturito!

 

Manuel Salinas cursaba un posgrado en Economía en la universidad estatal de Colonia, Alemania, cuando en la biblioteca encontró un libro con las fórmulas inconclusas sobre la fisión atómica de Robert Oppenheimer, el físico estadounidense considerado padre de la bomba atómica.

 

"Me obsesioné con esas fórmulas. Durante diez años estuve tratando de resolverlas, hasta que un día, como si hubiesen dicho ¡hágase la luz!, llegué al final". Entonces, después de trece años en territorio germano, Manuel Salinas regresó a Chile con la idea de desarrollar aplicaciones a las fórmulas de Oppenheimer.

 

En la Corfo le fue mal. Los bancos no creyeron en él. Después lo estafaron. Asegura que tenía tan solo cuatro mil pesos en los bolsillos cuando en agosto de 2003 empezó a buscar empleo por el diario. Estaba desesperado. Vio que pedían un ingeniero civil industrial. Así, sin más referencias, llegó a emplearse como jefe de computación en Wagner, la empresa de transporte de valores que en 1990 fundó el ex detective Gabriel Vargas. Ambos tenían dos cosas en común: les gustaban los inventos y profesaban la fe bautista.

 

Un día Salinas le habló a su jefe de su proyecto. "Cuánto costaría desarrollarlo", le preguntó Vargas. "Unos doscientos o trescientos millones de pesos", fue la respuesta que le dio. "Hagámoslo entonces".

 

"Fue el día más feliz de mi vida", recuerda Salinas.

 

El 31 de diciembre de 2004 estuvo listo el primer prototipo del TR Araña. Las iniciales son por trazado de ruta y la referencia al insecto porque entonces tenía varias patas, cada una con un colchón magnético, para que no fueran más de 135 gramos los que ejercieran presión sobre el piso a cada paso. Así, si pasaba por sobre una mina, ésta no explotaba.

 

Las patas quedaron en el pasado, en las siguientes versiones las reemplazaron por ruedas, y el nombre oficial arriesga correr igual suerte: masivamente se le conoce como "Arturito", castellanización del robot R2D2 de la Guerra de las Galaxias.

 

A ellos no le gusta el sobrenombre. En realidad su descontento es más amplio. Están decepcionados con la actitud de los medios de comunicación, el Gobierno y la sociedad en general, porque se han centrado en el tema del tesoro, obviando lo que a su juicio es lo más importante: dos chilenos que sin más apoyo que su propio ingenio desarrollaron una invención capaz de detectar toda clase de elementos, a metros de distancia, en distintas calidades de suelos, con una exactitud que ha despertado interés y respeto en el extranjero.

 

En negociaciones con EE.UU.

 

Después que los diarios publicaron el hallazgo del cuerpo de Yuraszeck, a las oficinas de Wagner en el paradero nueve y medio de la Gran Avenida, comuna de San Miguel, llegó un militar norteamericano: Richard Krueger. Gabriel Vargas saca de su bolsillo la tarjeta que le dejó, en la que aparece un cargo que traducido al castellano sería director técnico de estudios del Centro Tecnológico para las Américas del Ejército de Estados Unidos.

 

El militar quería entender cómo funcionaba la máquina. Le explicaron que emite un rayo gamma que a medida que va chocando con los distintos elementos, identifica su perfil atómico, avisando cuando encuentra aquello que le programaron, sean tejidos orgánicos, armas u oro.

 

Han sido tres las reuniones con Krueger, la última el martes. Pronto habrá una más en la que también participarán cientificos de ese país. "Nos interesa formar con ellos una sociedad estratégica para desarrollar todos los proyectos que tenemos", dicen, adelantando que tienen otros inventos revolucionarios.

 

El tesoro lo trajo el azar

 

La capacidad del geoecógrafo de registrar perfiles atómicos distintos es ilimitada, pero hasta ahora han ingresado algo más de 1.500.

 

Justamente la intención de cargar variados perfiles geológicos, para perfeccionarse en prospecciones mineras, fue lo que los llevó a Juan Fernández. Ya habían viajado por el país para tener uno del territorio norte, otro del centro, sur, cordillera, valle, costa... sólo faltaba uno insular.

 

Cuando dispararon el rayo gama no esperaban encontrarse con tres entierros de oro, el más grande de 800 toneladas.

 

No se les despertó la codicia por el tesoro. La propuesta que a través de sus abogados le hicieron al Gobierno es que entregarán sus coordenadas, para que lo desentierren las autoridades, con la condición de que una parte se done al Hogar de Cristo, la Teletón y la Iglesia Bautista.

 

Tras señalar que les gustaría financiar la construcción de una iglesia bautista en cada región del país, Gabriel Vargas se despacha toda una revelación: "Hemos encontrado otros dos tesoros".

 

Esta frase lleva a recordar la historia de Sir Francis Drake, pirata inglés que según la leyenda enterró los tesoros que saqueó a las colonias españolas justamente en los tres lugares en que el TR Araña habría detectado grandes concentraciones de oro: la isla Juan Fernández, Arica y Coquimbo. Este último, el más grande de todos.

 

Pero lo de ellos no es el desenterrar tesoros para fundir el oro: "Nuestra idea es cobrar por proyecto. En este momento estamos evaluando uno con la división El Salvador de Codelco... serían unos veinte a treinta millones de dólares", adelanta Vargas. Ese monto piensan pedir a la cuprífera por entregarle las coordenadas de una veta que, afirman, permitiría seguir explotando la mina por 200 años más.

 

También en el área minera, cuentan que una empresa norteamericana que lleva años buscando una veta de oro de gran tamaño en el sur del país les ofreció compartir las utilidades si le ayudan a encontrarla. Dicen que pronto viajarán al lugar.

 

La lista de los proyectos que tienen en carpeta es larga. Mencionan que los han contactado desde China, Inglaterra, Angola Argentina, Israel y muchos otros países. Uno podría decir que curiosamente es en Chile donde encuentran más desconfianza, pero eso a ellos no los sorprende.

"La ignorancia es atrevida", sentencia Gabriel Vargas. "Cómo no se dan cuenta que tenemos una empresa que funciona hace quince años, que trabaja con algo tan serio como es la plata de los bancos, pregunten y sabrán que nunca hemos tenido un problema, que nunca hemos sido asaltados. ¿Vamos a arriesgar todo esto por un tesoro?".

 

GABRIEL VARGAS G.

48 años, casado, dos hijos.

 

"Hasta primero medio estudié en escuelas con número", dice. Luego ingreso al Instituto Nacional, en horario vespertino, porque en el día trabajaba. Estuvo once años en Investigaciones, en la Brigada de Delitos Económicos. En 1990 se independizó para formar su propia empresa, Wagner, que hoy es la tercera en el rubro del transporte de valores, con 450 trabajadores, 80 clientes entre los que se cuentan varios bancos y una facturación mensual de $300 millones.

 

MANUEL SALINAS E.

39 años, casado, dos hijos.

 

Se tituló de ingeniero civil industrial en la Universidad de Santiago y luego hizo un posgrado en Economía en la universidad estatal de Colonia, Alemania. Allá concibió la tecnología que dio origen al TR Araña. Regresó a Chile en 2000. A la empresa Wagner llegó en 2003, como jefe de computación. Actualmente es gerente general del área transporte de valores y socio de la filial de servicios tecnológicos, que es la que desarrolló la máquina.

 

La "bioarmadura"

 

Una máquina pequeña, que mezcla masa orgánica y mecánica, que transforma en vapor de agua los gases contaminantes, es un invento con el que Manuel Salinas y Gabriel Vargas prometen eliminar el smog que producen los vehículos y las fuentes fijas en el país.

 

Lo bautizaron como "bioarmadura" y, al igual que el TR Araña, no lo han patentado. Dicen que es tanta la información que hay que entregar para registrar una invención, que cualquiera que acceda a los antecedentes podría intentar copiarlas Es por eso que prefieren mantenerlas en la categoría de secreto industrial.

 

En el caso del TR Araña tomaron una precaución adicional para que no se los copien: se autodestruye cuando intentan abrirlo.

 

Salinas y Vargas están buscando un socio estratégico para desarrollar el TR Araña, la bioarmadura y otros cinco inventos que tienen en carpeta y que prefieren no revelar. Hasta ahora las conversaciones más avanzadas en esta dirección son las que mantienen con Estados Unidos.

 

Domingo 17 de abril de 2005 (Emol)

 

HISTORIA

 

La guerra, el nacionalismo y el origen de una nación:

 

Enemigos íntimos

 

Han pasado más de cien años desde la Guerra del Pacífico y las heridas ya están cerradas; sin embargo, quedan cicatrices que por momentos toman un aspecto alarmante. Consultamos a siete historiadores peruanos para conocer "la versión peruana" de la larga y accidentada historia compartida entre Chile y Perú.

 

MARCELO SOMARRIVA Q.

Desde Lima

 

"La Guerra del Pacífico no le quita el sueño a nadie en Chile; es el país vencido el que normalmente tiene estos problemas", acota Nelson Manrique en su oficina del departamento de Ciencias Sociales en la Universidad Católica de Perú. Manrique es historiador y sociólogo, y su firma es habitual en la prensa peruana junto a artículos que reflejan el amplio perímetro de sus intereses, en el que caben la historia de la Campaña de la Sierra, en los últimos días de la Guerra del Pacífico, hasta sus estudios actuales sobre internet. Manrique es uno de los historiadores peruanos consultados para conocer "la versión peruana" de la larga y accidentada historia que comparten Chile y Perú. Han pasado más de cien años desde la Guerra del Pacífico y, como es de esperarse, las heridas ya están cerradas; sin embargo, quedan cicatrices y por momentos éstas toman un aspecto alarmante. Basta con dar una vuelta por el centro de Lima o recorrer el radio más amplio de la ciudad a bordo de uno de sus nerviosos taxis para descubrir que la vieja historia de resentimiento entre los dos países no está completamente enterrada.

 

Si se pretende indagar en los orígenes del resentimiento de Perú hacia Chile es inevitable revisar lo que fue la Guerra del Pacífico, un conflicto del cual no sólo se discuten sus causas inmediatas, sino también sus consecuencias más relevantes a largo plazo. Se sostiene, en este sentido, que la guerra habría sido un factor crucial en el proceso de formación de las identidades nacionales de ambos países. Mientras tanto, las batallas siguen peleándose en los libros de historia y en los manuales escolares.

 

Nelson Manrique advierte que existe una profunda ignorancia mutua respecto de la historia de ambos países y que el discurso se mueve fundamentalmente en base a prejuicios. Afirma incluso que al leer la historia de Chile, Perú y Bolivia puede creerse que la guerra ocurrió en tres mundos distintos. En su opinión, habría una esquizofrenia en el discurso que habla de integración como condición de una soberanía acorde con el siglo XXI y una práctica que pone toda clase de trabas para lograrla. Las historias nacionales, para Manrique, serían un obstáculo para tal integración y debería intentarse una historia que sopese las tres versiones y haga justicia a los tres países. En ocasiones, las versiones de los hechos pueden ser dramáticamente distintas. Hace algunos años, Manrique en su libro "Las guerrillas indígenas en la guerra con Chile" reconstruyó la historia de la Campaña de la Sierra, y a modo de ejemplo de lo lejos que pueden llegar las diferencias entre las dos versiones de una misma historia, puede citarse el caso del enfrentamiento ocurrido en el pueblo de Concepción, conocido en Chile como el "Combate de la Concepción" y conmemorado como el Día de la Bandera. En resumidas cuentas, según Manrique, el destacamento de jóvenes heroicos, formado por los hijos de la oligarquía chilena, fue reservado a la retaguardia de su ejército por el general Estanislao del Canto y enviado al pueblo de Concepción justamente para protegerlos. Lo que Del Canto no sabía era que el general peruano Andrés Avelino Cáceres había distribuido su ejército en tres frentes diferentes, uno de los cuales se dejó caer sobre Concepción. Para Manrique, la versión oficial de la historia exalta el hecho del martirio; la muerte heroica de los miembros de la clase dominante, pero observa que esta versión exagera al hablar de 2.500 efectivos militares peruanos y 700 guerrilleros contra 73 soldados. Según sus estudios, todas las fuerzas sumadas de la sierra no sobrepasaban los 1.800 hombres, por lo que el número de tropas peruanas habría que reducirlo muchísimo. Agrega también que hay fuentes que permiten inferir que el ejército chileno se comportó de manera profundamente racista en la sierra. Le parece un detalle sintomático que después de la batalla de Concepción se haya mutilado sexualmente a los soldados chilenos.

 

Son ya más de las ocho de la noche y la Universidad Católica de Perú comienza a vaciarse de alumnos y académicos. Parece una ciudad amurallada en un barrio periférico bastante pobre. La universidad ocupa lo que alguna vez fue la hacienda familiar de José de La Riva-Agüero y Osma, quien murió sin herederos y donó su gran fortuna -formada en buena parte por negocios hechos con Chile- a la Universidad Católica. El instituto Riva Agüero, que recuerda su nombre, es una unidad académica de dicha universidad dedicada a la investigación y la conservación patrimonial. Su sede ocupa la antigua casa donde alguna vez vivió el benefactor, una magnífica casa colonial cuidadosamente conservada, en medio del calamitoso centro histórico de Lima. Margarita Guerra, directora del instituto Riva Agüero, no le hace honor a su apellido, es una señora amable y tímida, de sonrisa inquietante. En su opinión, la historia compartida de Chile y Perú sería de claros y oscuros, caracterizada por momentos de acercamiento y tensión. Entre los primeros momentos recuerda los destierros de los hermanos Bilbao y de Lastarria en el Perú y el caso de los peruanos que pasaron por Chile ya sea para estudiar en las escuelas comerciales o que también llegaron exiliados. Fue la guerra, señala, lo que tensó estas relaciones al límite. Margarita Guerra percibe en los chilenos un sentimiento de superioridad, que a su juicio tendría sus orígenes en el darwinismo social imperante en Latinoamérica desde mediados del siglo XIX, que valoraba excesivamente a la inmigración europea, especialmente anglosajona, y esperaba que éstas llegaran a "mejorar la raza". Eso se ha ido filtrando en la sociedad chilena. Existe, entonces, una matriz de racismo, que tampoco ha sido exclusiva de Chile o Argentina, sino que ha estado presente en toda América".

 

Margarita Guerra observa que, la historiografía chilena sobre la guerra, a diferencia de la peruana, apareció muy pronto, permitiendo el surgimiento una versión oficial de la guerra. La versión peruana aparece más tarde y curiosamente, durante mucho tiempo la historiografía utilizada fue la chilena.

 

Al colegio

 

Respecto de los textos escolares, Margarita Guerra advierte que éstos varían según su autor. Uno de los más populares es el de Gustavo Pons Muzzo, un historiador tacneño que tiene una visión marcadamente antichilena. Es un manual, agrega, que, con modificaciones, sigue vigente.

 

Para el secretario académico del instituto Riva Agüero, el joven historiador Joseph Dager, la percepción general de la sociedad civil peruana con posterioridad a la guerra ha sido desconfiar de Chile. A su juicio, esta desconfianza sería el escollo más difícil de salvar, en la medida en que se ha arraigado gracias a historiadores y profesores. Dager considera que habría dos percepciones históricas difundidas en Perú: por un lado, una visión de un Chile que planea la guerra con Perú a partir de Portales (Dager precisa que Perú es muy deudor de la historiografía chilena sobre Portales, a quien se lo ve con admiración -ya que gracias a él Chile se habría estabilizado y crecido como república- y antipatía a la vez -por cuanto él habría sido el animador de esta conciencia expansionista chilena ) y, por otra parte, el recuerdo de la ocupación de Lima. "El ejército chileno destruyó la ciudad, y el caso más emblemático fue lo que sucedió en la biblioteca de Lima, donde hubo un saqueo de libros, aunque don Sergio Villalobos diga lo contrario", afirma el historiador. Estas visiones, prosigue, están recogidas en los manuales escolares y, aun cuando no sean falsas en toda su extensión, tal vez debieran matizarse, para contribuir a mejorar las relaciones. Dager es partidario de buscar puntos de encuentro a partir de figuras cuya historia sirva de unión entre los dos pueblos. El historiador propone el caso de O'Higgins, quien pasó buena parte de su infancia y sus últimos años en Lima y no está contaminado por la Guerra del Pacífico. Dager recuerda la frase del diplomático chileno José Rodríguez Elizondo, quien señaló que el problema del chileno era que sufre un "sentimiento de superioridad extravagante con respecto al Perú y respecto de su historia". Un tono que Dager acusa en las palabras que usa Gonzalo Bulnes al final de su obra, donde dice que el triunfo chileno "se debe a la superioridad de una historia".

 

A pesar de que los historiadores peruanos reclamen por la falta de convergencia entre la historia peruana y chilena y de la escasa circulación de libros que hay entre los dos países, gran parte de los historiadores consultados mantiene relaciones académicas más o menos estrechas con sus pares chilenos. Margarita Guerra trabajará con Ana María Stuven en torno a la cuestión femenina en ambos países durante el siglo XIX y Joseph Dager es candidato a doctor en la Universidad Católica de Chile, y guarda un afectuoso recuerdo de su profesor Sergio Villalobos, a pesar de discrepar con él en algunos aspectos. Por otra parte, Cristóbal Aljovín, académico de la Universidad de San Marcos y autor del libro "Caudillos y Constituciones. Perú 1821-1845", trabaja en un proyecto entre historiadores peruanos y chilenos, para estudiar los retos y proyectos comunes que enfrentaron los dos países desde su independencia hasta 1920. Aljovín cuenta que al diseñar este proyecto de trabajo junto al historiador chileno Eduardo Cavieres observó un detalle que podrá sonar obvio, pero que a menudo se olvida: Chile y Perú no tuvieron una frontera hasta después de la Guerra del Pacífico, la frontera que existía hasta entonces era con Bolivia. Para Aljovín a largo de la historia de ambos países hay una serie de procesos, particularmente tres momentos de estrecha unión, de los cuales resulta una narrativa que se percibe como beneficiosa. El gran problema, concluye Aljovín y la raiz del resentimiento fue la Guerra del Pacífico. "Tenemos un discurso antichileno, en líneas generales, -prosigue el historiador- pero se trata de una pasión que va perdiendo sustancia con los años. Sin embargo, aunque el tema pierda presencia de manera paulatina, de alguna forma subsiste, particularmente en el mundo oficial peruano, donde por ejemplo el problema del mar sigue siendo un tema importante.

 

Aljovín destaca el papel de los textos escolares y el discurso oficial del ejército respecto de esta memoria oficial. Los textos escolares se construyen con una narrativa del heroísmo y los generales Cáceres y Grau fueron los héroes de la guerra con Chile. "Miguel Grau -agrega Aljovín- se conforma como un paradigma del buen hombre, en un conflicto en el cual quien controlaba el mar ganaba la guerra, porque el desierto te come vivo. Cáceres y Grau fueron levantados por la marina y el ejército, y son parte de la identidad de las instituciones militares".

 

Vaivenes

 

El historiador José Agustín de la Puente, actual presidente de la Academia Nacional de la Historia del Perú tiene 82 años y hace pocos años publicó una biografía sobre Miguel Grau. De la Puente es un anciano venerable -un "querible", como dice un peruano- que articula con el mayor cuidado sus palabras de buena voluntad. Pertenece a una generación que conoció directamente a veteranos de la guerra y escuchó historias de ésta en la tertulia familiar. De la Puente repasa los incidentes más importantes de la historia de ambos países a partir de la independencia y pone énfasis en la ambición chilena por dominar el Pacífico. Caracteriza esta larga trama de relaciones bilaterales como "un parentesco cierto, que ha tenido grandes dificultades oscilantes".

 

Para De la Puente, la causa del odio peruano hacia el chileno estaría en la guerra misma: en su causa, ya que de acuerdo con el académico, Perú no quería ir a la guerra. La mejor prueba de ello era que no había razón para hacerla, el conflicto que la precipitó no era un motivo suficiente y los peruanos no estaban preparados. Luego, para De la Puente, está la guerra misma y sus incidentes, entre los cuales distingue dos momentos, uno hasta octubre de 1879 caracterizado por su honorabilidad y los sucesos posteriores, "donde hubo excesos terribles". A su entender, la ocupación de Lima y el avance de Lynch hacia el norte, cuando ya no había guerra, "crearon una situación horrorosa". El error de los peruanos -pecado dice- habría sido "la omisión y la pasividad terribles" y no imaginar la profundidad del enfrentamiento.

 

Nace la nación

 

De acuerdo con Margarita Guerra, en Perú después de la Guerra del Pacífico no sólo hubo un afianzamiento del nacionalismo, sino que además se dio un estudio profundo de lo que sería la identidad, la patria y la nación. En general, los historiadores consultados coinciden en que desde su victoria los chilenos han enarbolado un nacionalismo triunfalista irritante y despectivo, mientras que los peruanos se han revolcado en un espíritu rencoroso o, en el peor de los casos, derrotista. Según Nelson Manrique, el nacionalismo chileno ha sido "un mecanismo de manipulación ideológica muy poderoso". A su juicio, en países con débil integración nacional y una precaria base para construir una unidad, como Perú, la guerra contribuye a formar un nacionalismo negativo. "A partir de la guerra es el chileno lo que nos hace peruanos", sostiene. Considera que un nacionalismo de este tipo es más susceptible de utilizarse para fines demagógicos y que no sería malo en sí mismo, pero plantea la necesidad de pasar a uno de tipo positivo, afirmando lo que los peruanos tenemos en común y que no nos afirme retroactivamente frente al otro".

 

Para Joseph Dager, el nacionalismo se afianza totalmente a partir del resultado de la Guerra. "Chile -afirma el investigador- se convierte en el ganador y Perú, en el perdedor. El chileno es el hombre y el peruano, el afeminado". Dager alude al famoso cuadro de Ramón Muriz conocido como "El repase", donde un soldado chileno se dispone a pasarle la bayoneta a una familia peruana. "Yo he observado -sugiere Dager- que esto del repase es algo característico del ejército chileno, lo he encontrado en la guerra con el Perú, en la guerra civil de 1891 y con toda seguridad se dio en los enfrentamientos de la dictadura militar". A su entender, la historiografía oficial chilena alude a un nacionalismo que se habría formado con anterioridad a la guerra, en circunstancias de que investigaciones recientes cuestionan esta visión y contribuyen a sostener que tanto en el caso peruano como chileno la recluta fue más bien forzada.

 

La historiadora peruana Carmen McEvoy, profesora de la U. de Sewanee, que ha investigado el papel que tuvo la Guerra en la construcción de las identidades nacionales de Perú y Chile, adelanta una tesis novedosa e interesante respecto de estas ideas.

 

En su opinión, esta guerra no ha sido explorada en toda su complejidad y tanto chilenos como peruanos se han conformado con la imagen estereotipada de la victoria y la derrota, que corrobora lo que todos creen saber; esto es, que la guerra fortaleció la identidad nacional del ganador y determinó el complejo de inferioridad del perdedor. Para ella la guerra encierra una paradoja desde el momento en que sembró las semillas para la guerra civil chilena de 1891 y de la espectacular reconstrucción peruana que se hace evidente a partir de 1895. Este último sería un proceso caracterizado por un impresionante crecimiento económico, inédito en la historia del Perú, que contradijo todos los vaticinios de la prensa chilena que hacia 1883 auguraba la desaparición de Perú como nación.

 

Horizonte regional

 

En el análisis de un problema geopolítico de este tipo no puede descuidarse la perspectiva regional. En este sentido, el historiador Ernesto Yepes, autor del libro "Un plebiscito imposible. Tacna Arica 1925-1926. El informe Pershing" ha abordado los problemas fronterizos entre los dos países privilegiando una dimensión local. De acuerdo con Yepes, lo que ocurre en Lima y Santiago es algo muy diferente de lo que pasa en la frontera. Precisa que "la zona del sur peruano, el norte de Chile y el oriente boliviano formaron desde tiempos inmemoriales una totalidad, algo que en el mundo prehispánico se llamó el Coyasuyu, de viejísima circulación y articulación entre sí. Fue un espacio integrado muy próspero que fragmentó la independencia y luego la Guerra del Pacífico. Cuando este espacio se dividió, a las tres zonas les fue mal".

 

Para Yepes, las élites de Santiago y Lima no están preocupadas de lo que pasa en estas regiones y a su juicio la historia oficial coincide con la visión del centro. En ese contexto considera que una perspectiva regional puede entregar nuevos matices. "Creo -añade- que muchas veces por ignorar los contenidos regionales los acuerdos a los que llegan los gobiernos no son efectivos".

 

Yepes observa cómo más allá de la situación oficial existe un mundo informal que no reconoce divisiones fronterizas. Menciona el caso de las famosas "pacotilleras", cuya actividad sostenida tiende puentes por sobre las nacionalidades.

 

Un testimonio que también desmiente los imperativos propuestos por la historia oficial, es el que ha recogido la historiadora Rosa Troncoso, del departamento de historia oral de la Universidad Católica de Perú, en su video "Los tarapaqueños peruanos". Rosa Troncoso recuperó la historia de aquellos peruanos que vivieron en Tarapacá luego de que la región fuera ocupada por Chile y que regresaron a Perú una vez que el hostigamiento de los chilenos se hizo insostenible. A su regreso los tarapaqueños fueron recibidos con grandes honores, pero al cabo de algunos años se les terminó negando su condición de peruanos, por provenir de tierras ocupadas por Chile y por conservar cierto "tonito" chileno. Los tarapaqueños terminaron ocupando un espacio nacional indeterminado, entre la campaña de chilenización emprendida por el gobierno a partir de 1911 y el rechazo de sus compatriotas. Hasta que en 1926 el gobierno peruano les concedió tierras donde pudieran instalarse juntos. Varias décadas más tarde, Rosa Troncoso entrevistó a un grupo de sobrevivientes de esta singular historia y produjo un video con sus testimonios.

 

Para la investigadora, esta historia permite ver la trama de las relaciones entre Chile y Perú desde un prisma diferente del que ofrece la historia militar o política. Esto podría probar que esta trama se forma por una serie de elementos que van por debajo, entrelazados y que evolucionan de manera impredecible y paradójica. Hay muchas cosas de esta historia que rompen los esquemas de un modelo lógico.

 

El futuro

 

Todos los historiadores consultados están de acuerdo en que corresponde mirar hacia delante. El venerable José Agustín de la Puente recomienda desarrollar una "ascética cívica" para purificar la memoria. "No se trata de olvidar -aclara-, pero tampoco podemos regocijarnos en el odio. Moralmente -concluye- el odio no puede ser el motor de un pueblo". Para Joseph Dager, la perspectiva histórica no debiera hacernos olvidar el presente. "Cuando hablamos de relaciones bilaterales, las relaciones entre ambos países están mejor que nunca, a pesar de los vaivenes. Chile y Perú firmaron en 1999 el acta de asuntos pendientes del tratado de 1929, así como una gran cantidad de convenios sobre temas específicos, que demuestran que los dos países están empeñados en superar las divisiones. Como prueba de ello, Dager señala que en Perú las exportaciones chilenas se han quintuplicado y que las inversiones de Chile en el Perú han aumentado notoriamente.

 

Nelson Manrique, por su parte, considera que al abordar la situación bilateral entre Chile y Perú, inevitablemente debe tomarse en cuenta el caso boliviano. "Bolivia -añade- ve a Perú como corresponsable de su suerte". La alternativa más viable para Manrique sería un manejo compartido del puerto de Arica, que se le dé una salida al mar a Bolivia, siempre y cuando eso pueda manejarse dando garantías y que no suponga un riesgo.

 

Para Ernesto Yepes, este es el momento de crear "una hermosa región trinacional" en esa zona y que sería vital para la supervivencia de la región, que sólo combinando sus posibilidades podrá salir adelante.

 

Por último, Margarita Guerra aconseja que sólo si los países americanos caminan hacia a la unidad podrán limar las diferencias y discrepancias mutuas. "Si no se camina hacia la unidad se camina hacia el abismo; si estos países no se unen -concluye-, ¿qué harán ante la unión de los países asiáticos?

 

 

 

 
 

 

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Publicación y diseño: Sergio Schärer